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 Desde que vi aquella película, siempre me ha apetecido decir algo sobre ella. ¿Te extraña? No me mires así, déjame que continúe… Deseaba reencarnarme en Michelle Pfeiffer, llegado el momento de las supuestas reencarnaciones. - No sé por qué, tal vez sea que la veo especial: femenina, espléndida, siempre “puesta” en su papel. Si a todo esto se le añade mi enamoramiento incondicional de Daniel-Day Lewis, es todo perfecto, yo puedo ser esa condesa. Tengo a mi “Archer” particular, no sabría explicar si sólo es en la mente, o en el corazón también. ¡Qué vida esta! No, la tuya no, la mía… Tu estás ahí placidamente porque yo te pongo, te utilizo, y, aunque me mires de hito en hito, siempre será así. Sólo dejarás de estar aburrido cuando yo te necesite. ¿Hay algo tan absurdo como las conveniencias familiares? Hacer siempre lo que te dicen, o lo que es socialmente adecuado, puede destrozarte la vida. Tal vez que 1870, fuese más necesario que hoy en día guardar las apariencias, ser hipócrita, pero no nos engañemos, aunque seamos rabiosamente modernos, si estamos satisfechos de la sociedad a la que pertenecemos, el camino será siempre el mismo: -vivir de apariencias, negándonos la felicidad- Etiquetas: Edad, inocencia, tonterías...  “Mañana, no quiero mañana, basta de palabras, no prometas más...”
El motivo de que empezara a pensar en abandonar el pueblo y toda aquella hermosa provincia, lo tuvo escuchar esa canción el mismo día que estuvimos haciendo lo que yo pensaba sería una última excursión al nacimiento del Río Cuervo. Él sabía que me gustaban esas excursiones, adoraba la naturaleza y sus silencios. Me comunicaba en mis fantasías con el correr del agua de los ríos y arroyos, con los mensajes que enviaban todos árboles que nos rodeaban a través de sus hojas, cuando se balanceaban lánguidamente al caer la tarde. La simbiosis que existía entre mi vida y la de mi querida Cuenca, se hacía latente a cada paso que daba para, al final, siempre terminar en sus brazos. Allí, continuaba cohabitando con el hoy esa crítica mentalidad medieval y entre los barrancos se escondían antiguos ecos que censuraban todo, mientras vigilaban mi caminar por su silencio. El ambiente era tan pueblerino que aún no había llegado hasta aquellos parajes la gran tecnología de los “teléfonos móviles”. Era maravilloso, aunque ellos no lo sabían. Me parece que nadie en el pueblo tenía teléfono en su casa, tal vez el Alcalde, pero no estoy segura. ¿Cómo comunicarnos? Esto, aunque parezca una controversia, no se convertía en un problema: no hacía falta más que la gran unión existente entre todos. Pero… Me tenía que ir porque cabía la posibilidad de que en algún momento tomara vida nuevamente la Casa de la Inquisición y fueran a por mi.
Había soñado inmersa en el romanticismo de aquellas casas colgadas. Tal vez elegí la vocación de profesora para inculcar a los niños el amor hacia nuestra historia, la adoración a los ríos, a esa Ciudad Encantada donde podían aparecerse las brujas buenas para darnos cuanto deseáramos. El éxodo rural estaba acabando con mis posibilidades, cada vez quedaban menos niños. A los que la fortuna y el tesón de sus padres les había salvado de mudarse a otra ciudad, si que les llegaba poco el romanticismo de la señorita Charo. Los mayores luchaban por cuidar los viñedos, eran su futuro, y si llegaban a enterarse que yo tenía un amante, llegado al pueblo hacía unos años y al que todos respetaban, hubieran cambiado a sus hijos de colegio inmediatamente. Parece mentira: en aquella época, la provincia de Cuenca no tenía más allá de 170.000 habitantes, y en la aldea no llegábamos a 5.000, pero los chismes iban y venían rauda y alegremente y sin ningún cuidado. Tantos castillos y tantos monasterios, no podían dar cabida a una señorita casi “impura”, que más bien parecía el intrépido Don Quijote cuando hablaba con los molinos de la vecina región, que una madura profesora de la garganta del Huécar. Los sueños mágicos e irreales, iban a desvanecerse sobre las aguas turquesa de los ríos en esa ciudad abstracta. Estaba convencida que, si se enteraban de lo mío, me convertirían en una nueva mártir para su mítica Semana Santa, y resultaba que no quería desaparecer para siempre, sólo redimirme. Había conocido a Cesar en una exposición de arte medieval que se celebraba en el Ayuntamiento. Era un joven espléndido, escultor y pintor. Todo en él atraía, y en la aldea y sus alrededores había tan poca vida social que casi fue inevitable. Como tantos artistas, se había visto inmerso en la magia conquense y estaba recorriendo sus tierras de extremo a extremo. Se enamoro fácilmente del entorno que rodeaba aquellas zonas y alquiló una casita rural, donde empezó a preparar su nueva obra. Fue algo instantáneo e instintivo. Él veía en mí a la provinciana soñadora, fácil de enamorar, y eso resultaba ideal para sus necesidades artísticas. Yo no había tenido relaciones anteriores. En la aldea, los hombres de mi edad estaban casados felizmente, y en los pueblos se tiene claro que puede existir una solterona que sea aún joven y de buen ver. Todo el mundo me quería y respetaba, era la consejera de aquellas madres volcadas sobre sus hogares y obligaciones que, durante centenares de años, habían hecho famosa la gastronomía de la región. En ocasiones, también eme convertía en la que ayudaba a tener las cuentas en orden a sus nobles esposos, que solían mirarme de soslayo. Nos hicimos amigos enseguida, y con el ofrecimiento de pintarme en alguno de sus paisajes con figura de fondo, me desplacé hasta su casa rural. La verdad, era un artista maravilloso. Cuando observaba su pintura, podía sentirme dentro de ella fácilmente porque dicha pintura estaba viva. Y allí, y así, nació un amor desenfrenado entre el artista famoso y la supuesta pueblerina. Me convenció con su idea de inmortalizarme en las pinturas y esculturas, pero sin que se viera que era yo para que las buenas gentes no pensaran mal. Empezamos a recorrer los sitios históricos de la región. Existía tanta belleza y poesía en el ambiente que hasta dolía respirar, y mi cuerpo se prestaba a adornar aquellos paisajes. Un día en que estaba echando un vistazo a sus esculturas, lo vi. ¡Era yo! Mi cara figuraba sólo en un cuadro, pero mi cuerpo estaba en todas las esculturas. Aquella habitación estaba llena de algo que hubiera querido destrozar, pero era imposible, era arte. Cuerpos eróticos y lascivos en los que en todos me veía reflejada. ¡Conque a eso se reducían sus promesas de inmortalidad! Me sentí engañada, él sabía que nunca podría afrontar una exposición de aquellas obras. ¿Qué iban a pensar mis alumnos? ¿Y sus padres? Me preocupaba especialmente Beatriz, no es que ella fuese mi alumna predilecta, los quería a todos por igual, pero aquella niña tenía una sensibilidad especial, diferente a la del resto. Sus padres disponían de unos medios económicos menores que los demás niños y era preciso ayudarle en todo lo posible no podíamos dejar perder ese instinto natural y maravilloso que tenía para la creación de lo bello. Lo malo del caso, radicaba en que la pequeña me tenía como su modelo y trataba de parecerse a mí en todo. ¡Menudo ejemplo iba a darle! Permanecía siempre atenta a mis explicaciones en clase de literatura, adoraba los viejos mitos del mundo y, a pesar de su corta edad, era una fiel seguidora de aquellos geniales poetas que existieron en España, los de nuestra época dorada en la poesía: “la Generación del 27”. Después de conocer a Cesar, también se empeñó en ser pintora, pero en el pueblo no disponíamos de ninguna escuela de arte. Él se ofreció amablemente a ayudarla, estaba admirado por la percepción artística de aquella niña. A partir de ese momento, nació en mí un miedo horrible a que Beatriz descubriera “lo nuestro”. En mi interior, estaba convencida de que el descubrimiento podía hacerle mucho daño; los niños mitifican a las personas adultas y el descubrir algún fallo en ellos, echa por tierra su idea y descabalga su fe en los demás, por eso, lo mejor que debía hacer sería marcharme y tratar de ayudarla desde lejos. Eso, sí podía conseguirlo. En mis años de profesorado había ahorrado bastante dinero; salía poco y continuamente estaban obsequiándome con frutos de la zona, por lo que apenas tenía necesidad de comprar alguna cosilla. Como siempre me ha gustado escribir, pensé marcharme a dar la vuelta al mundo para relatar las bellezas que encierra. De esta forma todos podrían conocer lo que mi corazón era capaz de ver. Y cuando de nuevo me sintiera con fuerza para mirar de frente a esa “Ciudad Encantada” volvería… . “Me seguía gustando hablar con los árboles, ver como mi amante se desvanecía, ya nada me impedía caminar descalza”
Etiquetas: Arte, Cuenca, promesas, mentiras
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Entreamigas (Un mano a mano entre Victoria y María Jesús)
Cuentos, narraciones, y artículos.
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