
No deseo ni el menor rasguño en la carde de mi prójimo;
me estremece el solo hecho de ver un enfermo,
de enfrentarme a un desvalido o a una víctima de la guerra;
la guerra, amigos, que se propaga como una peste infernal,
amenaza nuestras existencias;
las guerras y las revoluciones producen lo mismo:
malestar, dolor,
odio, muerte, venganza;
ni una guerra, ni una o muchas revoluciones van a lograr adueñarse del mundo;
explotadores son todos:
los guerristas y los revolucionarios terminan en lo mismo
y llevan a lo mismo:
muerte, sólo muerte en sus manos sucias de sangre,
sangre, sangre de las lunas negras y permanentes,
¡Las huellas de sangre son eternas!
Pobres pueblos engañados,
por revolucionarios de catecismo roto
y políticos de Biblia y tijeras,
las dos plagas mas feroces de la tierra:
asesinos iguales y embusteros,
miserables salidos del mismo tronco,
engendrados igualmente;
pero los pueblos,
estos pobres y vulgares pueblos
les gusta ser engañados y vendidos,
ni siquiera aprenden de otros pueblos que fueron vilmente ultrajados.
¡Pobres pueblos incapaces de mirar al pasado,
de beber en la fuente de la sabiduría!
se envenenan una y otra vez con las aguas estancadas de la mentira.
(publicado en Los Angeles, USA, en 1983 - Anochecer sin madrugada)