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Resumen

PAROLE, PAROLE, PAROLE...

Parecía ficción. Un sueño pero, era realidad. Aquel siete de Abril llegaba, como llegan los siete de Abril de cada año.Ella estaba apoyada sobre el celaje de esos inesperados acontecimientos. La impensada visita podía ser una de las cosas más hermosas jamás sucedidas en su vida. ¿Quién lo iba a creer? Le habían anunciado la llegada del hombre de sus sueños y, la leyenda dorada de sus pensamientos no cesaba de transportarla de un lugar a otro.¿Estás quejosa niña? Esta pregunta parecía llegar desde muy lejos a su oído, pero era como si su madre estuviera allí mismo. No, no estaba quejosa, sólo turbada. Él llegaba, lo iba a conocer. Probablemente la llevaría de su mano hacia un dosel de lino albo y no quedaría ninguna afrenta pendiente con la vida; ella parecía querer pagarle con unas colmadas sequinas de amor. La soledad no es una palabra vana ni baladí y por fin se iba a romper.

Naturalmente ya no existían historias como la de Calixto y Melibea, pero ella había vivido inmersa en la medida que le proporcionaba la magia de sus sueños y tenía almacenada una confusión de amor y deseo que, sólo al conjuro de aquellos brazos se descifraría.

No podía resultar distinto.

¿A quién apelar en su ayuda?.

Estaba agitada, casi sudorosa pensando en la llegada de su amor desconocido. No era capaz de reflejar otra realidad que no fuesen las propias ráfagas de lo que podía suceder en ese momento. Cuando se encontrasen, él la miraría a los ojos y atisbaría levemente todo ese amor que tantas veces habían intercambiado por carta. No podían dejar escapar ni un minuto de felicidad, ni pronunciar palabras de melifluo incierto. Todo real entre besos y risas argentinas.

El destino no estaba predispuesto para que aquella niña, que sin duda alguna había nacido para sufrir, dejara de hacerlo.

¿Se puede descubrir de esta manera el amor?.

¿La ternura?.¿Quién sabe?…

Asomada en aquella ventana, sólo alcanzó ver allá, a lo lejos, la vela latina del barco donde presumiblemente su amor pasaba de largo. El barco no ancló en el puerto.

Ni una lágrima. Nada. Aquella afrenta dejaba su vida de nuevo vacía entre los sueños que siempre le habían acompañado. Pero en aquella ocasión era mucho más duro.

Tomó sentencia empujada por su aflicción. Despacio, como libando ese sacrificio supremo, se alejó de la ventana. El lastre de su amor quedaría enterrado, como ella misma, bajo la hermosa arcada de cipreses.

Victoria

19/09/2007 17:47 Autor: Victoria y/o María Jesús. Enlace permanente. Tema: Ejercicios Literarios No hay comentarios. Comentar.




Entreamigas (Un mano a mano entre Victoria y María Jesús)

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