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Resumen

VOLVERÉ DESCALZA

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      “Mañana, no quiero mañana,
      basta de palabras,
      no prometas más...”

 

El motivo de que empezara a pensar en abandonar el pueblo y toda
aquella hermosa provincia, lo tuvo escuchar esa canción el mismo día
que estuvimos haciendo lo que yo pensaba sería una última excursión al
nacimiento del Río Cuervo.
      
Él sabía que me gustaban esas excursiones, adoraba la naturaleza
y sus silencios. Me comunicaba en mis fantasías con el correr del agua
de los ríos y arroyos, con los mensajes que enviaban todos árboles que
nos rodeaban a través de sus hojas, cuando se balanceaban
lánguidamente al caer la tarde.
      
La simbiosis que existía entre mi vida y la de mi querida Cuenca,
se hacía latente a cada paso que daba para, al final, siempre terminar
en sus brazos.
      
Allí, continuaba cohabitando con el hoy esa crítica mentalidad
medieval y entre los barrancos se escondían antiguos ecos que
censuraban todo, mientras vigilaban mi caminar por su silencio.
      
El ambiente era tan pueblerino que aún no había llegado hasta
aquellos parajes la gran tecnología de los “teléfonos móviles”. Era
maravilloso, aunque ellos no lo sabían. Me parece que nadie en el
pueblo tenía teléfono en su casa, tal vez el Alcalde, pero no estoy
segura. ¿Cómo comunicarnos? Esto, aunque parezca una controversia, no
se convertía en un problema: no hacía falta más que la gran unión
existente entre todos. Pero…

Me tenía que ir porque cabía la posibilidad de que en algún
momento tomara vida nuevamente la Casa de la Inquisición y fueran a
por mi.

Había soñado inmersa en el romanticismo de aquellas casas
colgadas. Tal vez elegí la vocación de profesora para inculcar a los
niños el amor hacia nuestra historia, la adoración a los ríos, a esa
Ciudad Encantada donde podían aparecerse las brujas buenas para darnos
cuanto deseáramos.
      
El éxodo rural estaba acabando con mis posibilidades, cada vez
quedaban menos niños. A los que la fortuna y el tesón de sus padres
les había salvado de mudarse a otra ciudad, si que les llegaba poco el
romanticismo de la señorita Charo.
      
Los mayores luchaban por cuidar los viñedos, eran su futuro, y si
llegaban a enterarse que yo tenía un amante, llegado al pueblo hacía
unos años y al que todos respetaban, hubieran cambiado a sus hijos de
colegio inmediatamente.
      
Parece mentira: en aquella época, la provincia de Cuenca no tenía
más allá de 170.000 habitantes, y en la aldea no llegábamos a 5.000,
pero los chismes iban y venían rauda y alegremente y sin ningún
cuidado.
      
Tantos castillos y tantos monasterios, no podían dar cabida a una
señorita casi “impura”, que más bien parecía el intrépido Don Quijote
cuando hablaba con los molinos de la vecina región, que una madura
profesora de la garganta del Huécar.
      
Los sueños mágicos e irreales, iban a desvanecerse sobre las
aguas turquesa de los ríos en esa ciudad abstracta.
      
Estaba convencida que, si se enteraban de lo mío, me convertirían
en una nueva mártir para su mítica Semana Santa, y resultaba que no
quería desaparecer para siempre, sólo redimirme.
      
Había conocido a Cesar en una exposición de arte medieval que se
celebraba en el Ayuntamiento. Era un joven espléndido, escultor y
pintor. Todo en él atraía, y en la aldea y sus alrededores había tan
poca vida social que casi fue inevitable.
      

Como tantos artistas, se había visto inmerso en la magia
conquense y estaba recorriendo sus tierras de extremo a extremo. Se
enamoro fácilmente del entorno que rodeaba aquellas zonas y alquiló
una casita rural, donde empezó a preparar su nueva obra.
      
Fue algo instantáneo e instintivo. Él veía en mí a la provinciana
soñadora, fácil de enamorar, y eso resultaba ideal para sus
necesidades artísticas.
      
Yo no había tenido relaciones anteriores. En la aldea, los
hombres de mi edad estaban casados felizmente, y en los pueblos se
tiene claro que puede existir una solterona que sea aún joven y de
buen ver.
       
Todo el mundo me quería y respetaba, era la consejera de aquellas
madres volcadas sobre sus hogares y obligaciones que, durante
centenares de años, habían hecho famosa la gastronomía de la región.
En ocasiones, también eme convertía en la que ayudaba a tener las
cuentas en orden a sus nobles esposos, que solían mirarme de soslayo.
      
Nos hicimos amigos enseguida, y con el ofrecimiento de pintarme
en alguno de sus paisajes con figura de fondo, me desplacé hasta su
casa rural.
      
La verdad, era un artista maravilloso. Cuando observaba su
pintura, podía sentirme dentro de ella fácilmente porque dicha pintura
estaba viva.
      
Y allí, y así, nació un amor desenfrenado entre el artista famoso
y la supuesta pueblerina.
      
Me convenció con su idea de inmortalizarme en las pinturas y
esculturas, pero sin que se viera que era yo para que las buenas
gentes no pensaran mal. Empezamos a recorrer los sitios históricos de
la región.
      
Existía tanta belleza y poesía en el ambiente que hasta dolía
respirar, y mi cuerpo se prestaba a adornar aquellos paisajes.
      
Un día en que estaba echando un vistazo a sus esculturas, lo vi.
¡Era yo! Mi cara figuraba sólo en un cuadro, pero mi cuerpo estaba en
todas las esculturas. Aquella habitación estaba llena de algo que
hubiera querido destrozar, pero era imposible, era arte. Cuerpos
eróticos y lascivos en los que en todos me veía reflejada. 
      
¡Conque a eso se reducían sus promesas de inmortalidad! Me sentí
engañada, él sabía que nunca podría afrontar una exposición de
aquellas obras.
     
      ¿Qué iban a pensar mis alumnos?
      ¿Y sus padres?


Me preocupaba especialmente Beatriz, no es que ella fuese mi
alumna predilecta, los quería a todos por igual, pero aquella niña
tenía una sensibilidad especial, diferente a la del resto.
      
Sus padres disponían de unos medios económicos menores que los
demás niños y era preciso ayudarle en todo lo posible no podíamos
dejar perder ese instinto natural y maravilloso que tenía para la
creación de lo bello.
      
Lo malo del caso, radicaba en que la pequeña me tenía como su
modelo y trataba de parecerse a mí en todo. ¡Menudo ejemplo iba a
darle!
      
Permanecía siempre atenta a mis explicaciones en clase de
literatura, adoraba los viejos mitos del mundo y, a pesar de su corta
edad, era una fiel seguidora de aquellos geniales poetas que
existieron en España, los de nuestra época dorada en la poesía: “la
Generación del 27”.
      
Después de conocer a Cesar, también se empeñó en ser pintora, pero en el pueblo
no disponíamos de ninguna escuela de arte. Él se ofreció amablemente a ayudarla,
estaba admirado por la percepción artística de aquella niña.
      
A partir de ese momento, nació en mí un miedo horrible a que
Beatriz descubriera “lo nuestro”. En mi interior, estaba convencida de
que el descubrimiento podía hacerle mucho daño; los niños mitifican a
las personas adultas y el descubrir algún fallo en ellos, echa por
tierra su idea y descabalga su fe en los demás, por eso, lo mejor que
debía hacer sería marcharme y tratar de ayudarla desde lejos. Eso, sí
podía conseguirlo.
      
En mis años de profesorado había ahorrado bastante dinero; salía
poco y continuamente estaban obsequiándome con frutos de la zona, por
lo que apenas tenía necesidad de comprar alguna cosilla.
      
Como siempre me ha gustado escribir, pensé marcharme a dar la
vuelta al mundo para relatar las bellezas que encierra. De esta forma
todos podrían conocer lo que mi corazón era capaz de ver. Y cuando de
nuevo me sintiera con fuerza para mirar de frente a esa “Ciudad
Encantada” volvería…
      .
      “Me seguía gustando hablar con los árboles,
      ver como mi amante se desvanecía,
      ya nada me impedía caminar descalza”

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06/12/2007 17:36 Autor: Victoria y/o María Jesús. Enlace permanente. Tema: Relatos No hay comentarios. Comentar.




Entreamigas (Un mano a mano entre Victoria y María Jesús)

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